Introducción
Tal y como si todavía estuviera sentado a la sombra de su tienda de campaña, en lo más intrincado de la Sierra Maestra, el máximo líder de la Revolución cubana prosiguió enfrentando y conduciendo los destinos del país después de 1959 de una forma muy similar. Como si de una campaña militar interminable se tratara, bautizaba cada nueva situación que debía enfrentar como una nueva batalla.
De tal manera, empleó repetidamente este término para «luchar» contra el analfabetismo, «vencer» el sexto y el noveno grado, alcanzar la célebre zafra de los diez millones, «combatir» las conductas delictivas, universalizar la enseñanza, erradicar los mosquitos y las epidemias, impulsar la vacunación masiva contra diversas enfermedades, promover el ahorro energético y emprender muchas otras iniciativas, como si el país —y el pueblo en su conjunto— estuvieran inmersos en una guerra permanente que nunca llegaba a su fin.
De más está decir que todas estas «batallas» estuvieron acompañadas de descomunales campañas publicitarias que, al encontrarse todos los medios de difusión masiva bajo el control y la supervisión del Estado, se extendían de punta a punta de la isla, sin escatimar esfuerzos ni recursos materiales y humanos, con las lamentables consecuencias que, como ya sabemos, terminaron teniendo para el país.
Pero, además, y de manera muy astuta, esta estrategia constituyó también una forma deliberada de adoctrinamiento colectivo y «lavado de cerebro», que abarcaba todas las esferas de la sociedad y ejercía su mayor influencia en el sistema educativo, en todos sus niveles de enseñanza, donde la política y la ideología marxista primaban sobre todo lo demás. Un ejemplo concreto fue la famosa doctrina destinada a formar al «hombre nuevo», concebida por el comandante Che Guevara, que Fidel intentó llevar a la práctica hasta sus últimas consecuencias.
Pero, sin duda, una de las «batallas» que mayor repercusión tuvo en la economía y la sociedad cubanas, desde finales del siglo XX y durante la primera década del siglo XXI, fue la famosa «Batalla de Ideas», concebida por el líder de la Revolución, que estremeció al país durante varios años y que, según muchos analistas, constituyó otra de las tantas causas de la desastrosa crisis en que se encuentra sumido en la actualidad.
Génesis de una batalla
La justificación inicial que encontró Fidel para emprender la célebre «Batalla de Ideas» surgió cuando un pequeño niño cubano de cinco años, llamado Elián González Brotons, sobrevivió al naufragio de una frágil embarcación en la que huía de la isla hacia los Estados Unidos junto a su madre, Elizabeth Brotons Rodríguez, quien falleció durante el trágico suceso, al igual que otras nueve personas.
El niño fue rescatado en alta mar por pescadores norteamericanos, quienes de inmediato dieron aviso al Servicio de Guardacostas de los Estados Unidos. Posteriormente, fue trasladado a Miami y entregado a sus familiares, quienes se negaron a devolverlo a su padre, Juan Miguel González, que permanecía en Cuba.
Este suceso fue hábilmente aprovechado por el máximo líder de la Revolución para comenzar la convocatoria de una serie de manifestaciones populares frente a la entonces Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, exigiendo el regreso del niño.
Y como toda nueva batalla debía ser bautizada con un nombre, a esta se le llamó «Batalla de Ideas».
El caso de Elián González culminó con el regreso del niño a Cuba y su entrega al padre, pero la denominada «Batalla de Ideas», que había nacido al calor de aquellos acontecimientos, perduraría durante mucho tiempo después.
Desarrollo de la batalla
Aunque la expresión no era original y ya había sido empleada por otros teóricos —como Karl Marx y Antonio Gramsci—, el líder cubano la hizo suya y la convirtió, primero, en una estrategia de movilización popular y, posteriormente, en una bandera bajo la cual emprender un gigantesco conjunto de obras constructivas y transformaciones económicas.
Tanto es así que creó para estos fines un grupo de acción denominado «Grupo de Trabajo de la Batalla de Ideas», con una jerarquía superior a la del resto de los Organismos de la Administración Central del Estado y bajo su mando directo. Estaba conformado mayoritariamente por jóvenes, entre ellos los principales dirigentes de las organizaciones juveniles del país (UJC, FEU y FEEM), dotados de un poder prácticamente ilimitado, ante quienes debían rendir cuentas los dirigentes de los ministerios y demás organismos estatales involucrados en las obras emprendidas bajo el enorme paraguas de la «Batalla de Ideas».
Este grupo de trabajo constituyó una estructura político-operativa inusual, única y altamente centralizada, que respondía de manera directa y exclusiva a Fidel. Funcionaba, en realidad, como una estructura de poder paralela, destinada a materializar todas las «grandes ideas» que se le ocurrían al jefe de la Revolución.
Para lograr sus propósitos y garantizar la agilidad que se esperaba del ambicioso plan de obras constructivas y programas sociales concebido —que llegó a superar los 160 proyectos—, al grupo se le otorgaron facultades operativas especiales y la capacidad de eludir los procedimientos habituales de aprobación y la burocracia de los ministerios tradicionales. Se convirtió así en una especie de «gobierno paralelo» a nivel operativo, con acceso prioritario a recursos económicos especiales para financiar y ejecutar las construcciones de forma expedita.
Conservo vivencias personales de aquella época, cuando trabajaba directamente en la actividad logística del Ministerio de la Construcción. Recuerdo que el plan de obras de cada uno de aquellos años estaba concebido en dos grandes frentes: las obras para la «Batalla de Ideas» y las obras para la defensa.
En aquel momento, todas las entidades adscritas al Ministerio —de diseño, construcción y aseguramiento técnico-material— estaban subordinadas a esos dos únicos programas. Por consiguiente, todos los recursos materiales y humanos de que disponía centralizadamente el organismo se destinaban exclusivamente al cumplimiento de aquellos fines.
Recuerdo también que cada semana debía asistir obligatoriamente a una reunión presidida por Otto Rivero Torres, quien en aquel momento fungía como primer secretario de la UJC y era integrante del Grupo de Trabajo de la Batalla de Ideas. En aquellas reuniones, cada organismo involucrado de la Administración Central del Estado debía rendir cuentas de las tareas que tenía asignadas para garantizar el cumplimiento del ambicioso plan de obras proyectado.
Verdadero propósito de la batalla
Con la estrepitosa caída de la Unión Soviética y del campo socialista, el escenario cubano quedó marcado por la incertidumbre, la desesperanza y el desaliento, al tiempo que el país quedaba directamente expuesto a la influencia de los cambios radicales emprendidos en aquellas naciones, que comenzaban a mostrar avances evidentes.
Este contexto debilitó enormemente las bases de apoyo alcanzadas —de una manera u otra— por el Gobierno cubano, tanto en el interior como en el exterior del país.
Fue precisamente esta situación la que, a mi juicio, motivó al máximo líder de la Revolución a buscar apresuradamente una estrategia efectiva para recuperar el evidente terreno perdido. Y encontró en el adoctrinamiento masivo del pueblo la vía que consideró ideal para lograrlo.
Según esta concepción, resultaba necesario convertir la ideología en algo imprescindible, superior a cualquier otro factor de la vida nacional, y utilizarla como mecanismo de dominación.
La teoría de la «Batalla de Ideas» le vino como «anillo al dedo» y la convirtió en el principal instrumento para alcanzar esos propósitos. En algunos de los numerosos discursos que pronunciaba por entonces ante grandes multitudes, convocadas por cualquier motivo y en cualquier lugar del país, en actos conocidos como «Tribunas Abiertas», dejaba entrever sus verdaderas intenciones.
«…Hay que trabajar con los ciudadanos en concreto, uno a uno; no es solo el trabajo a través de la prensa y de la televisión, o de las conferencias, o de los mítines políticos. El trabajo de convencer y persuadir a los seres humanos uno por uno es histórico. Las religiones se crearon de esa forma y han durado miles de años…».
«…Tenemos que pertrechar de ideas a nuestros cuadros, para que ellos, a su vez, las vayan transmitiendo a toda la juventud y a todo el pueblo…».
Entonces quedaba claro que el verdadero propósito de esta nueva batalla consistía en pertrechar de esa ideología —comunista— a los cuadros y demás simpatizantes del Gobierno, para convertirlos en un ejército encabezado por el Partido Comunista —único en el país—, encargado de adoctrinar a la juventud y al pueblo en general.
La «Batalla de Ideas» reforzaba así, a mi entender, la pérdida de la condición de ciudadano y de las libertades individuales, al pretender convertir a las personas en una masa caracterizada por su fidelidad ciega y su subordinación a la élite gobernante.
Fin de la batalla
Aunque inicialmente aquel estilo de trabajo, totalmente centralizado y dirigido hasta en sus más mínimos detalles por el máximo líder de la Revolución, permitió la rápida ejecución de numerosas obras sociales —remodelación de escuelas, salas de video, hospitales, centros universitarios municipales, viviendas para los médicos de la familia, entre otras—, también generó enormes fricciones con los ministerios oficiales.
La causa fundamental fue el desvío de los ya escasos presupuestos estatales hacia los planes del Grupo, mientras quedaban paralizadas otras obras de vital importancia en sectores como la industria, la agricultura, la energía y la minería, entre otros.
Aquella concentración desproporcionada de recursos terminó, indiscutiblemente, por comprometer el desarrollo económico del país y las posibilidades de mejorar el nivel y la calidad de vida de la población.
También quedó demostrado que la exaltación popular, alimentada mediante movilizaciones masivas y efusivos discursos triunfalistas, puede funcionar durante un tiempo, pero no indefinidamente, especialmente cuando la realidad cotidiana resulta muy distinta de la que se pretende presentar.
Resulta imposible someter eternamente la conciencia de un pueblo mediante discursos grandilocuentes, cuando las carencias y la escasez predominan en su vida diaria, mientras quienes pronuncian esos discursos disfrutan de privilegios ajenos a las dificultades que padece la mayoría.
También se comentaron en el ámbito popular —aunque no se divulgaron oficialmente— algunos actos de corrupción y desvío de recursos protagonizados por integrantes del Grupo, lo que contribuyó a erosionar su credibilidad y la confianza depositada en él.
Tras la enfermedad de Fidel y la posterior asunción de Raúl Castro a la presidencia del país, el Grupo de Trabajo quedó definitivamente disuelto y, con él, se debilitaron sustancialmente los ambiciosos planes de la «Batalla de Ideas».
Como era de esperarse, las funciones constructivas y sociales, junto con sus correspondientes atribuciones, fueron reintegradas a los respectivos ministerios, bajo un modelo de control fiscal mucho más estricto. Se eliminaron así la duplicidad de funciones y los métodos económicamente insostenibles empleados por el Grupo de la Batalla de Ideas.
Todo parecía volver a la normalidad administrativa, pero quedaba tras de sí una profunda huella económica, cuyas consecuencias, a mi juicio, resultaron desastrosas e irrecuperables.
Batalla de Ideas 2.0
Recientemente, en algunas de las intervenciones que el actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha sostenido ante los medios de comunicación y diversos grupos de seguidores, ha mencionado la necesidad de defender a toda costa las ideas del socialismo, impulsadas y mantenidas durante tanto tiempo por Fidel y Raúl, a pesar de las profundas transformaciones que se prevén aplicar en el ámbito económico y social.
En algunos de esos discursos llegó incluso a repetir la gastada y obsoleta frase «…esto es una Batalla de Ideas…».
Resulta verdaderamente bochornoso retomar un concepto tan desgastado y fallido, precisamente en medio de una crisis generalizada que afecta todos los ámbitos del país, mucho más profunda que la existente cuando se proclamó inicialmente aquella consigna.
La solución no consiste en emprender una nueva versión de la fracasada «Batalla de Ideas». La verdadera solución sería reconocer el fracaso del sistema vigente y acometer, con valentía y determinación, todas las profundas transformaciones estructurales y de principios que la realidad cubana demanda.
El persistente apego de la élite dominante a un sistema que ha demostrado su fracaso y a fórmulas pertenecientes a un pasado igualmente fallido no hace más que poner de manifiesto la incapacidad de quienes se empeñan en ignorar la realidad, con el único propósito de mantenerse en el poder a cualquier precio.
Pero, felizmente, ya son otros tiempos, otra gente y otras condiciones. Y precisamente por ello, considero inevitable que esta nueva versión de la «Batalla de Ideas» esté irremediablemente condenada a morir apenas haya nacido.
Conclusiones
Durante más de seis décadas, el pueblo cubano ha sido convocado a librar innumerables «batallas», siempre bajo la promesa de alcanzar nuevas victorias que conducirían, finalmente, a un futuro de prosperidad y bienestar. Sin embargo, mientras unas campañas terminaban y otras comenzaban, las dificultades cotidianas permanecían, y muchas de aquellas esperanzas se desvanecían ante una realidad cada vez más distante de las promesas proclamadas.
La «Batalla de Ideas» fue, a mi juicio, una de las expresiones más evidentes de aquella manera de gobernar, en la que la voluntad de un solo hombre y la supremacía de la ideología terminaron imponiéndose sobre las necesidades reales del país, sus posibilidades económicas y las aspiraciones legítimas de sus ciudadanos.
Pero la historia no se detiene, ni puede escribirse eternamente con las mismas consignas. Las generaciones cambian, las circunstancias se transforman y las experiencias acumuladas terminan convirtiéndose en lecciones que ningún discurso puede borrar.
Y quizás esa sea una de las enseñanzas más importantes que nos deja esta larga sucesión de «batallas»: un país no necesita vivir permanentemente en pie de guerra para construir su futuro; necesita libertad para pensar, capacidad para crear y oportunidades reales para prosperar.
Todavía quedan muchos episodios de nuestra historia reciente que merecen ser recordados, examinados y contados. Algunos permanecen en la memoria de quienes los vivimos; otros esperan ser rescatados del silencio o de las escuetas versiones oficiales que durante tantos años pretendieron explicarlo —o esconderlo— todo.
A ellos continuaremos dedicando las próximas páginas de Cuba: La Historia No Contada, porque conocer nuestro pasado, con sus aciertos, sus errores y sus contradicciones, sigue siendo indispensable para comprender nuestro presente y reflexionar sobre el futuro que deseamos.







