Génesis del fracaso
Una tarde fresca de enero de 2003 me encontraba inmerso, junto a unos amigos y bajo la dirección general de mi querido tío materno, en la reparación de un jeep marca ARO que me había sido asignado en mi trabajo y que, desde el mismo momento en que lo había recibido, un mes antes, no había podido utilizar debido a los muchos problemas que primero había que resolverle.
El susodicho vehículo, de fabricación rumana, rendía de esa forma justo tributo a todos los de su tipo procedentes del campo socialista y, cual “vieja con colorete”, tenía innumerables “achaques” en sus sistemas de dirección, frenado, transmisión, electricidad, etc. Así que todavía hoy no estoy seguro de si con aquella asignación lo que me dieron fue un premio o un castigo.
Estando en esa faena, y todo embarrado de grasa, se apareció en el lugar otro buen amigo que, con entusiastas gritos de alegría, me interpeló desde la puerta del local. Resultó que venía a darme la gran noticia de que había sido seleccionado por la dirección del Ministerio donde trabajaba para participar, como experto, en la adquisición en España y posterior puesta a punto en Cuba de un ambicioso proyecto destinado a implantar un sistema informático integral (ERP) para la gestión del proceso constructivo en el país.
Quizás en la actualidad, para muchos entendidos en esta materia, esto no resulte nada extraordinario y sea considerado simplemente un procedimiento de rutina, vigente en innumerables ramas productivas, compañías y países. Pero, si tenemos en cuenta el momento en que se planteaba y, sobre todo, el lugar donde iba a ser implantado, aquello representaba realmente un enorme reto.
Para esclarecer un poco más en qué consistía aquel magno proyecto, puedo decir que un ERP (Enterprise Resource Planning, por sus siglas en inglés), o sistema de Planificación de Recursos Empresariales, es una herramienta informática que integra y gestiona los procesos clave de un negocio o de una determinada actividad productiva o de servicios en una sola plataforma. Funciona como una especie de cerebro central que conecta áreas como finanzas y contabilidad, ventas y compras, logística e inventarios y recursos humanos, utilizando una base de datos compartida y actualizada en tiempo real.
En mi caso particular, yo iba a participar como experto en logística, disciplina en la que, modestia aparte, tenía una amplia experiencia y habilidades adquiridas durante muchos años de estudio académico y de práctica diaria.
Tengo que aclarar también que, en aquella época, prácticamente todo el proceso constructivo cubano estaba regido por el Estado. Existía un gran número de empresas de todo tipo —proyectistas, constructoras, abastecedoras y transportistas, contratistas, de desarrollo informático, etc.— subordinadas a grupos empresariales, delegaciones provinciales y entidades nacionales; y estas agrupaciones, a su vez, estaban subordinadas a determinadas áreas del Ministerio de la Construcción.
O sea, todo un enorme y complejo entramado de subordinaciones, particularidades e intereses diferentes, lo que hacía mucho más difícil la tarea de integrar en un solo sistema la gestión de una obra constructiva en particular que, además, contaba con un presupuesto centralizado, restringido y controlado por el Estado.
Pues bien, a partir de aquella noticia todo se desarrolló muy rápido: pasaporte, visado, dieta, reuniones de trabajo, preparativos... y, en pocos días, ya me encontraba, junto a un grupo de colegas de otras especialidades, en la hermosa ciudad de Valencia, en España.
Preparación del fracaso
Durante toda nuestra estancia en España fuimos atendidos por la gerencia general de la entidad que había firmado aquel contrato millonario para la venta del sistema informático a Cuba y que, muy amablemente, nos transportaba diariamente desde nuestro lujoso alojamiento hasta sus oficinas y de regreso. Estábamos instalados en una bella y elegante zona a orillas de las siempre movidas aguas del Mediterráneo.
Cada especialista cubano contaba con una contraparte española, que nos explicaba día tras día los detalles del módulo informático correspondiente a nuestra disciplina y analizaba y discutía con nosotros su posible adaptación e implementación en el sistema cubano.
Aquel trabajo no estuvo exento de numerosas y grandes incomprensiones y discusiones, pues se trataba de personas con mentalidades diferentes, viviendo en mundos diferentes y bajo sistemas diferentes. Pero, no sin dificultades, finalmente logramos ponernos de acuerdo en términos generales. Ahora pienso que, en más de una ocasión, quizás lo hacían simplemente por complacernos con tal de vendernos aquel costoso software, cuyo precio alcanzaba cifras millonarias.
En ese proceso de aprendizaje, análisis y discusión pasamos quince días en aquella bella ciudad, disfrutando —“entre col y col”— de las bondades indiscutibles que allí encontrábamos: fabulosas comidas, visitas a lugares extraordinarios, compras de todo tipo de artículos con nuestra escasa dieta financiera, un eficiente y moderno transporte urbano, confortable alojamiento, acceso ilimitado a internet y otras muchas cosas imposibles de enumerar, pero nada comparables con las condiciones que habíamos dejado en nuestra lejana y querida isla antillana.
También recuerdo que, en varias ocasiones, fuimos visitados por directivos cubanos de diferentes rangos que iban a “supervisar” nuestro trabajo y, de paso, a disfrutar también de todas aquellas bondades.
Desarrollo del fracaso
Pero, como todo lo bueno termina rápido, pronto nos encontramos nuevamente en Cuba, readaptándonos a nuestras intrínsecas condiciones y soñando todavía con lo disfrutado apenas unos días atrás.
Por fin llegó el momento de la verdad.
En agosto de ese mismo año fuimos convocados nuevamente todos los integrantes del grupo para implementar lo aprendido en España en una empresa constructora subordinada al grupo empresarial de Varadero.
Por suerte —o quizás de forma premeditada—, aquella empresa estaba ubicada en el territorio donde se encuentra la famosa playa de Varadero, una de las más hermosas de Cuba y del mundo, por lo que nuestra estancia durante otros quince días en aquel lugar no resultó precisamente desagradable. En esa ocasión también nos acompañaron los especialistas españoles con quienes habíamos compartido meses atrás en la península ibérica.
Y si habíamos tenido dificultades durante el aprendizaje y las discusiones acerca de la adaptación del sistema cuando estábamos en España, ahora sí que los problemas se multiplicaron.
Comprobamos en la práctica que todo aquello que habíamos planificado, al enfrentarse con la realidad cotidiana, tropezaba con numerosos obstáculos: falta de información, incompatibilidad entre los datos de aquella empresa y los de otras entidades con las que obligatoriamente tenía que interactuar, procedimientos que no encajaban entre sí y, además, la poca transparencia o el freno impuesto por algunos directivos a quienes, por alguna razón, no parecía convenirles demasiado la existencia de un sistema informativo único.
Pero había algo todavía más importante.
Aquel proyecto de desarrollo, toda una “innovación” para aquellos tiempos, había sido planificado, concebido e indicado por algunos tecnócratas desde las altas esferas del Ministerio, aparentemente sin contar suficientemente con el parecer ni con el consentimiento de las empresas que debían aplicarlo directamente y que eran, precisamente, las que chocaban día tras día con las carencias, limitaciones y problemas prácticos de una realidad muy alejada de la concepción teórica del proyecto.
Epílogo del fracaso
Después de aquella amarga experiencia, nunca más se me convocó para dar seguimiento al famoso “proyecto”.
Según tuve conocimiento posteriormente, la empresa de Varadero donde aparentemente se había implantado continuó utilizándolo —o, mejor dicho, mal utilizándolo— durante algún tiempo, hasta que finalmente lo abandonó y regresó a sus procedimientos rutinarios anteriores.
De lo que sí estoy seguro es de que aquella experiencia no llegó a aplicarse en ninguna otra empresa del país.
Hubo algunas rendiciones de cuentas y destituciones de funcionarios —ninguno de alto nivel— derivadas de la infeliz conclusión de aquel gran fracaso y, sobre todo, del enorme gasto millonario que había significado. Pero, al cabo de un tiempo, aquello se olvidó y se continuó con la inusitada planificación de otros “grandes proyectos”.
Años después comprendí que aquel proyecto que vi nacer y fracasar no constituía precisamente una excepción. Mucho antes, y también mucho después, Cuba había conocido otros proyectos infinitamente mayores, algunos de ellos verdaderamente colosales, que terminarían engrosando una larga y sorprendente historia de sueños, millones invertidos y resultados muy diferentes a los imaginados.
(Continuará)





