El 23 de julio de 2002 se cumplieron cien años de que siete maestros masones fundaran la Logia Regular “Unión Latina”, adscrita a la jurisdicción de la Gran Logia Masónica de la Isla de Cuba. Dicho de esta manera, parece un acontecimiento más descrito en los archivos históricos de esta prestigiosa institución cubana, a la que pertenecieron próceres de nuestra patria tan ilustres como José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Perucho Figueredo, Salvador Cisneros Betancourt, Francisco Vicente Aguilera, Rafael María de Mendive y tantos otros líderes de las guerras de independencia de 1868 y 1895, quienes promovieron ideales de libertad, igualdad y fraternidad en la formación de nuestra nación.
Sin embargo, si añado que, precisamente en el sitio que ocupaba ese lugar, viví toda mi infancia, la adolescencia y la mayor parte de mi adultez —desde finales de diciembre de 1958 y por más de sesenta años—, entonces, al menos para mí, ese lugar adquiere un valor incalculable.
Por supuesto, cuando comencé a vivir allí ya no existía la Logia y el entorno había cambiado considerablemente. El edificio donde residí fue construido en 1919, según constaba en el registro de la propiedad. Aun así, recuerdo que la calle conservaba vestigios de antiguos adoquines y las líneas de tranvía que por allí transitaban, como silenciosos testigos de épocas más remotas.
La calle donde estuvo situada la mencionada Logia —y posteriormente el edificio donde radicó mi hogar— era extremadamente céntrica y de intensa actividad social y comercial. Además de encontrarse muy cerca del Capitolio, constituía la principal vía de acceso a la famosa Estación Terminal de Ferrocarriles de La Habana. Por sus arterias transitaban diariamente miles de personas, en autobuses, automóviles o simplemente a pie, por lo que, a cualquier hora del día o de la noche, siempre estaba concurrida.
Sin embargo, algo que la distinguía de manera especial era la esmerada limpieza de su calzada y aceras, mantenida con rigor en toda su extensión, desde la calzada de Monte hasta la calle Arsenal. Este cuidado era garantizado con disciplina por trabajadores del servicio urbano de comunales, que laboraban tanto a pie como en vehículos. Asimismo, resultaba notable el brillo y esplendor de sus edificios, sometidos a un mantenimiento sistemático y detallado por parte de sus propietarios.
Recuerdo que el inmueble donde vivía, propiedad de un arrendador privado, contaba con un encargado residente que atendía diligentemente cualquier necesidad de los inquilinos y velaba por el estado general del edificio. Las áreas comunes, como su majestuosa escalera de mármol blanco y sus paredes enchapadas con finas losas españolas, permanecían siempre relucientes. Pero esto no era una excepción, sino la norma en la mayoría de las edificaciones de La Habana de aquella época.
Tuve el privilegio de conocer la ciudad antes de 1959, y puedo afirmar que era una urbe hermosa y resplandeciente. No se trata únicamente de una apreciación personal: numerosos medios y encuestas especializadas de entonces la situaban entre las ciudades más bellas, modernas y prósperas de América Latina, e incluso del hemisferio occidental, comparándola con Buenos Aires, Ciudad de México, Río de Janeiro e incluso Miami, en los Estados Unidos.
Tal reconocimiento se sustentaba en su arquitectura diversa —desde la herencia colonial europea hasta el art déco y el modernismo—, sus amplias avenidas adornadas con parques y esculturas, y una vida cultural intensa y vibrante. A ello se sumaba un notable dinamismo turístico y comercial, que la convertía en una suerte de “extensión tropical” de Miami, con una vida nocturna incluso más activa. No en vano, muchos la denominaban “Las Vegas del Caribe”.
Otros factores reforzaban estas valoraciones:
- Infraestructura moderna: hoteles como el Hotel Habana Hilton, entre los más grandes de América Latina en su momento.
- Vida cultural y nocturna intensa: cabarets, casinos y espectáculos de nivel internacional.
- Alta conectividad: vuelos frecuentes con Estados Unidos, especialmente con Nueva York y Miami.
- Economía relativamente sólida: uno de los PIB per cápita más altos de América Latina en la época.
Esa fue la realidad heredada de la etapa prerrevolucionaria. Sin embargo, a partir de 1959 y con el transcurso de los años, comenzó a deteriorarse de forma acelerada, como consecuencia de la desidia y el abandono, hasta desembocar en el escenario penoso y devastador que observamos hoy.
Numerosas edificaciones, calles emblemáticas y construcciones representativas de aquella Cuba próspera de los años cincuenta se encuentran actualmente en estado de ruina o grave deterioro, producto de la falta de cuidado y mantenimiento. Son muchos los ejemplos; a modo de ilustración, citaré algunos que evidencian la magnitud de este fenómeno.
La popular calle Monte —también conocida como Calzada del Monte o del Príncipe Alfonso, y desde 1902 como Máximo Gómez—, muy cercana a donde residía, fue testigo de la entrada del Mayor General Máximo Gómez al frente del Ejército Libertador el 24 de febrero de 1899. Hoy, sin embargo, es considerada una de las calles más sucias y destruidas de la ciudad. Ruinas de hoteles como el “Isla de Cuba”, junto a numerosos edificios comerciales y viviendas en estado deplorable, conforman el paisaje habitual de lo que fuera uno de los centros comerciales más dinámicos y elegantes de La Habana.
El histórico hotel Trotcha, en el Vedado, tras un incendio en 1986 y los embates del huracán Irma en 2017, ha quedado reducido a vestigios estructurales, apenas sostenidos por algunos pilares.
El antiguo restaurante “La Zaragozana”, en Monserrate, cercano a “El Floridita”, pasó de ser un enclave emblemático frecuentado por figuras como Federico García Lorca, Ernest Hemingway y Rocky Marciano, a convertirse en una ruina insalubre. Cerrado desde 2009 por riesgo de derrumbe de un edificio colindante, permanece como símbolo del abandono.
El Frontón Habana de Jai Alai, inaugurado en 1901 y conocido como el “Palacio de los Gritos”, no es hoy más que un esqueleto de lo que fue una de las instalaciones deportivas y sociales más relevantes de su tiempo.
En Miramar, el edificio Riomar, símbolo de modernidad inaugurado en 1957, sufre un deterioro progresivo que lo ha llevado prácticamente a la inhabitabilidad. La falta de mantenimiento, especialmente crítica dada su cercanía al mar, ha hecho que su recuperación sea hoy extremadamente costosa. Apenas unas pocas familias permanecen en él, resistiendo lo que parece ser un final inevitable.
Otro caso lamentable es el del edificio que albergó el Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI), construido en 1860. Tras años de deterioro, un derrumbe parcial en 2025 y la posterior acumulación de escombros, finalmente se decidió su demolición, perdiéndose así un inmueble de gran valor histórico y educativo.
No puedo concluir este recorrido sin mencionar el teatro Payret, ubicado frente al Capitolio y a un costado del Parque Central y del Gran Teatro de La Habana. Inaugurado en 1877, fue durante décadas un símbolo cultural de la ciudad. Sin embargo, fue demolido para dar paso a un proyecto turístico, pese a numerosas protestas. Su desaparición constituye una pérdida irreparable para el patrimonio habanero.
Resulta profundamente doloroso para los habaneros de mi generación contemplar en lo que se ha convertido nuestra ciudad. Día tras día desaparecen los últimos vestigios de una urbe que fue sinónimo de elegancia, prosperidad y belleza, para dar paso a un entorno cada vez más deteriorado e insalubre.
Al ver imágenes recientes del lugar donde viví gran parte de mi vida, pude constatar el avanzado estado de abandono del edificio y su entorno. La impresión fue devastadora. Sin embargo, entre tanta decadencia, me reconfortó ver aún en pie la placa conmemorativa de la Logia masónica, firme, como un símbolo silencioso de resistencia frente al paso del tiempo.
A lo largo de la historia, muchas ciudades han quedado reducidas a ruinas como consecuencia de guerras, desastres naturales o epidemias. Sus habitantes, obligados por las circunstancias, las abandonaron. Pero el caso de La Habana resulta particularmente desconcertante: no ha sido destruida por guerras ni terremotos, ni por catástrofes de gran magnitud.
Y, sin embargo, se desmorona.
La Habana de hoy no es el resultado de un destino inevitable por el paso del tiempo, sino de un proceso prolongado de abandono que comenzó a partir de 1959. Su deterioro no responde a una tragedia repentina, sino a una erosión constante, casi imperceptible, que ha ido borrando lentamente siglos de historia.
Lo más dramático no es solo la pérdida material de sus edificios, sino la desaparición de una cultura urbana, de una forma de vida, de una identidad que hizo de esta ciudad un referente continental.
La Habana no ha sido vencida por fuerzas naturales, sino por el olvido, abandono y negligencia de un sistema de gobierno que lejos de construir y preservar, destruye.
Y, aun así, resiste.
Resiste en sus ruinas, en sus memorias, en quienes la vivieron y la recuerdan como fue. Porque mientras exista alguien capaz de contar su historia, La Habana no estará del todo perdida.
Pero el tiempo, implacable, sigue avanzando.
Y con cada edificio que cae, no solo se pierde una estructura: se pierde también un fragmento irrepetible de la historia de una nación.


















