Génesis de los colores
Con la instauración del denominado Período Especial en Cuba, a principios de los años 90, el transporte público fue uno de los sectores más golpeados debido a la carencia de combustible, equipos, piezas de repuesto y agregados, además de otras calamidades asociadas a la abrupta pérdida del suministro proveniente de la Unión Soviética y del resto de los países del campo socialista tras su conocido descalabro. En medio de esta dramática situación surgieron por primera vez en el país los inspectores populares de transporte, a los que el pueblo bautizó inmediatamente como “los amarillos”, debido al llamativo color de su indumentaria.
La función principal —y hasta heroica— que se les asignó a estos curiosos personajes consistía en permanecer desde el amanecer hasta el ocaso en las entradas y salidas de pueblos y ciudades, en rotondas, cruces de carreteras y en las paradas de ómnibus más concurridas. Su misión era detener a los vehículos estatales y obligar a los choferes a recoger personal, dependiendo de la capacidad disponible y de la ruta que llevaran.
Para ello debían estar casi ocho horas de pie, bajo el sol —o el agua—, entre una multitud acalorada e impaciente, tratando de “organizarla” y establecer un orden de prioridad que casi nunca funcionaba al momento de abordar los susodichos vehículos.
Esta medida, muy paliativa, alivió parcialmente la crisis del transporte durante algunos años. El Gobierno y sus principales dirigentes jamás lograron mejorar ni estabilizar dicho servicio y, como se dice en buen cubano, "llegó para quedarse". Según cifras divulgadas con gran fanfarria por los medios oficialistas, cientos de millones de personas se transportaban cada año mediante este método. Lo que nunca se informó fue que esta medida jamás resolvió la raíz del problema.
Con el paso del tiempo cambiaron los colores de los uniformes: de amarillos pasaron a verdes y luego a azules. Sin embargo, el transporte siguió siendo un problema crónico —nunca ha dejado de serlo— y la población siguió llamándolos simplemente “los amarillos”.
Leyes que se violan
Para institucionalizar la presencia de los “amarillos” y la obligación de recoger pasajeros en los puntos designados, el régimen dispuso la Resolución No. 435 del año 2002, emitida por el Ministerio del Transporte (MITRANS). En ella se establecía la obligatoriedad para los choferes de vehículos estatales de recoger pasajeros en los puntos gestionados por los inspectores populares.
Pero una cosa era la ley… y otra muy distinta, la realidad.
En múltiples ocasiones, los choferes evadían esta disposición desviándose por rutas alternativas donde sabían que no habría “amarillos”. En otros casos, cuando eran detenidos, alegaban destinos que no coincidían con los de los pasajeros presentes o inventaban supuestos problemas técnicos que impedían recoger personas aun teniendo capacidad disponible. En fin, como dice el dicho popular: “cuando se inventó la ley, también se inventó la trampa”.
Ante las numerosas denuncias de la población por el incumplimiento reiterado de los choferes, se emitió otra normativa que obligaba a portar una Hoja de Ruta que debía ser mostrada a los inspectores estatales como constancia del recorrido real. Pero esta ley también se violaba impunemente: muchos choferes tenían una segunda Hoja de Ruta falsa, que era la que mostraban a los exigentes “amarillos”, y así continuaban vacíos, burlándose una vez más de la legislación.
Recuerdo que en el año 2001, trabajando en una entidad del Ministerio de la Construcción, me asignaron un Jeep Aro 243 de fabricación húngara. Además de padecer la interminable lista de roturas características de aquellos vehículos del antiguo campo socialista, debía también confeccionar la citada Hoja de Ruta, que en más de una ocasión olvidaba llenar antes de salir. Luego tenía que completarla retroactivamente. Por suerte, nunca me pararon en uno de esos días de olvido involuntario.
Opiniones de ambos lados
La opinión generalizada de quienes utilizaban este sistema era, en esencia, positiva, pues consideraban que les ayudaba a aliviar parte de las penurias diarias: llegar temprano al trabajo, regresar a casa, recoger a los niños en el Círculo Infantil, asistir a consultas médicas y otras gestiones importantes.
Sin embargo, se quejaban de los muchos conductores que evadían al “amarillo”, aunque para ello tuvieran que tomar rutas más largas, o que le mentían al inspector sobre el destino para no recoger a nadie.
Por otro lado, no todas las culpas podían achacarse únicamente a los choferes. Muchos de ellos afirmaban que algunas personas abordaban el vehículo solo para recorrer unos pocos cientos de metros, como si fuese un taxi. Otros se quejaban del riesgo de recoger a cualquier tipo de pasajero: delincuentes, borrachos o individuos de dudosa conducta.
También se lamentaban de quienes subían con enormes bultos, cajas, sacos u otros objetos que dañaban los asientos o dejaban olores desagradables.
La monetización del servicio de los “amarillos”
Desde sus inicios, este servicio de transporte utilizando vehículos estatales no era gratuito. Los pasajeros debían pagar una tarifa que se depositaba en una alcancía administrada por los “amarillos”. Con el tiempo, incluso el salario de estos inspectores se vinculó al dinero que recaudaban.
Este sistema generó múltiples distorsiones, y no estuvo exento de fraudes y comportamientos delictivos, también denunciados por la población.
Las entidades estatales cuyos vehículos se utilizaban para estos menesteres se quejaban —con razón— de que sus equipos sufrían deterioro por las constantes paradas, sin que por esta práctica recibieran ningún beneficio a cambio.
A lo largo de los años se implementaron diversas variantes de recaudación para intentar solucionar estos problemas, aunque a la postre se convirtieron en una fuente de ingresos nada despreciable para el Estado, que lo disfrazaba como una supuesta expresión de “solidaridad socialista” (¿?).
Paralelamente surgió una figura muy conocida por todos: las personas que, con las manos llenas de billetes, interceptaban vehículos estatales antes de que llegaran al punto de los “amarillos”. Los vehículos llegaban llenos y no recogían a nadie, lo cual resultaba mucho más atractivo para los choferes, que además se embolsaban ese dinero sin “incumplir la ley”.
El Ave Fénix
A mediados de la segunda década del siglo XXI, los “amarillos” parecían haber desaparecido. Solo se veía alguno que otro en zonas periféricas o carreteras nacionales. Esto se debía a cierta recuperación del transporte público, especialmente en La Habana.
Pero este pequeño respiro no duró mucho. A finales de 2019, ante la intensificación de la crisis económica y la falta de combustible, el transporte volvió a colapsar. La mayoría de las provincias redujo drásticamente los servicios urbano e intermunicipal, y los “amarillos”, como el Ave Fénix, resurgieron.
Regresaron con uniformes azules o verdes, pero con las mismas funciones y dificultades de siempre.
Los “amarillos” y el siempre presente humor criollo
Según la población, viajar por los “amarillos” implica una gran dosis de suerte, paciencia y resignación, como si fuese un juego de azar. Sabes cuándo sales de casa, pero nunca cuándo llegarás a tu destino. Aunque también tiene sus encantos: conoces gente, haces amistades y, a veces, hasta logras alguna que otra conquista amorosa.
Una de las mayores virtudes del cubano es reírse de sus propias desgracias. Ante cada problema, surge un chiste que transforma las lágrimas en sonrisas. Entre los más ocurrentes, recuerdo esta versión criolla del cuento de La Caperucita Roja:
Caperucita, vestida con una guayabera roja y manejando un flamante Lada estatal, atravesaba el bosque. Al pasar por un claro, el Lobo Feroz —vestido completamente de amarillo— la detuvo y le preguntó:
“¿Hacia dónde vas, Caperucita?”
“Voy a casa de mi abuelita”, respondió ella con voz firme de dirigente.
“¡Arriba, cuatro pasajeros para casa de la abuelita!”, gritó el Lobo, dirigiéndose a una enorme fila de animales rugientes que aguardaban bajo un frondoso árbol.
Otra frase popular afirmaba, refiriéndose a los puntos de recogida:
“El punto de embarque tiene el nombre bien puesto, porque siempre estás embarcado”.
Epílogo necesario
Independientemente del color del uniforme, estos inspectores populares de transporte son un engendro ciento por ciento cubano, creado para maquillar las deficiencias de un sistema que no ha podido —y difícilmente podrá— resolver un problema que ha estado presente desde los inicios de la Revolución.
El transporte ha tenido pequeñas mejorías en momentos muy puntuales, pero, como los malos perfumes, no tiene fijador.
La realidad es que el Gobierno nunca ha tenido la capacidad de garantizar de manera sostenida medios eficientes y dignos para transportar a la población. De ahí la necesidad de recurrir a estas prácticas aberrantes que, lejos de ser eficaces, resultan absurdas y ridículas.
Quienes padecen estas disparatadas “invenciones” coinciden en que el problema del transporte en Cuba no se resuelve cambiando los colores del uniforme, sino con un cambio muchísimo más profundo y radical. En todos los sentidos.





